Las cartas que vienen del mar no tienen hora.
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Soy todo ganas de volver a tu lado, para vivir tranquilamente unas semanas.
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Créeme, esto es lo más tonto del mundo; todos los puertos son iguales y, naturalmente, todos los países son los mismos.
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El no poder vivir contigo en nuestra casa, es lo que me hace notar las distancias.
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Los colores de tierra adentro no les parecían colores, tan pequeños: ¡Azul de mar!, ¡Cielo!
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Otro muelle, otro cielo, otra ciudad, más grande, más pequeña, igual a todas.
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(...) No sabes, mujercita mía, lo absurdo que es todo esto: niebla, niebla desde hace doce horas y la imposibilidad de saber exactamente dónde nos hallamos.
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Sólo pienso en nuestra casita y contigo; no quiero ni bajar a tierra.
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Tú estás en todas las cosas, en todos los momentos: en las olas, en las nubes, y en las estrellas, y un poco en todas las mujeres.
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Hay mucha niebla, nada de nuevo para ti ya que sabes cómo es: como cuando en nuestro puerto la hay. Además es muy sencillo: no se ve nada.
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¿Cómo quieres que te hable de todos estos países, de sus costumbres, de sus habitantes, de sus paisajes, si sólo los veo desde fuera, desde cubierta, bordeando las costas?
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¡Qué el cielo era la mar, cómo no lo supo usted antes! Estrellas, islas del Océano Pacífico diseminadas: cielo, espejo del mar, recogido por el otro lado, mar infinito.
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Libre, el que se desgaja de sus padres, de sus maestros, de su familia.