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Frases de Francisco de Sales

Frases de Francisco de Sales

Fue un clérigo católico. Fue nombrado obispo de Ginebra, Suiza, pero nunca pudo ocupar el cargo.

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Jesús en el pesebre. He aquí una buena lección para aprender que todas las grandezas de este mundo son ilusión y mentira.



Lo que se hace con precipitación nunca se hace bien; obrar siempre con tranquilidad y calma



Nada es tan fuerte como la gentileza. Nada es tan gentil como la fuerza real.



El amor es la base de la reconciliación.



No saber mostrarse bueno con los malos es una prueba de que no es uno bueno del todo.



Nada es tan fuerte como la dulzura, nada tan dulce como la fuerza real.



Nunca hubo un hombre enfadado que pensó que su ira era injusta.



El verdadero progreso en silencio y persistentemente se mueve a lo largo y sin previo aviso.



Ten paciencia con todas las cosas, pero sobre todo contigo mismo.



La belleza, para ser agradable, debe ser ignorada.



No debemos corregir nunca dejándonos llevar por nuestros sentimientos, sino únicamente por nuestra.



Es una especie de obediencia muy agradable a los ojos de Dios no desear dispensas sin mucha necesidad.



Las riquezas son verdaderas espinos; ellas punzan con mil espinos al adquirirlas, con muchas inquietudes conservándolas, con muchas disgustos gastándolas, y con muchas pesares perdiéndolas.



Bienaventurados los corazones flexibles, porque no se romperán.



No puede ser sino vanidad, lo que no sirve para la eternidad.



En nosotros todo lo excusamos; en los prójimos, nada; queremos vender caro y comprar barato.



Nadie llega jamás a la inmortalidad sino por el camino de la aflicción, y he aquí un gran motivo de consuelo para todo en nuestras penas.



¡Terrible es la muerte! pero ¡cuán apetecible es también la vida del otro mundo, a la que Dios nos llama!



Reprender a los demás es muy fácil, pero es muy difícil mirarse bien a sí mismo.



La ciencia que sirve para hacernos orgullosos y que degenera en pedantería no vale más que para deshonrarnos.



Las mismas miserias de la vida se convierten en delicias celestiales si sabemos encontrar en ellas el placer de cumplir la voluntad de Dios.



Antes de juzgar al prójimo pongámoslo a él en nuestro lugar y a nosotros en el suyo, y a buen seguro que será entonces juicio recto y caritativo.



La prueba de un predicador es cuando su congregación no sale diciendo qué sermón más bonito, sino haré algo.



Se aprende a hablar, hablando. A estudiar, estudiando. A trabajar, trabajando. De igual forma se aprende a amar, amando.